LA ALQUIMIA DISFRAZADA

 

Michael Hubert Lépicouché

 

 

Texto publicado en el catálogo  'Proyecto D-Mencia'. 2004.

 

 

 

 

«Encuentro rubíes y esmeraldas en un montón de estiércol.»

Rembrandt

 

A primera vista, los trabajos que presenta Ángel García Roldán nos resultan bastante sorprendentes si los comparamos con otras lineas de su creación artística, como por ejemplo su actualización de la técnica pictórica mediante el uso previo de fotografías digitales tratadas posteriormente mediante un programa de ordenador. En efecto, sus composiciones hechas con bolsitas de té recuperadas después de su uso distan mucho del culto a las nuevas tecnologías que caracterizan cada vez más al actual mundo creativo. Pero luego, con más detenimiento, nos viene la sospecha de que este artista usa este material más por su valor estético que por su valor de desecho, con lo cual reafirma el carácter posmoderno de sus proposiciones artísticas que le llevan a este tipo de pintura, a años luz de las que defendían los Nuevos Realistas o los artistas de Arte Povera con su técnica de la recuperación. 

 

 Con esto no quiero decir que huye de las implicaciones sociales en su trabajo. Presentes están, desde luego, pero sólo en un segundo plano, mientras eran de primera importancia hace sesenta años, cuando la sociedad de consumo industrial y urbana empezó a ser el tema dominante en el arte contemporáneo. Aunque se sigue pensando que la profusión es la abundancia despreciada, desde luego sería absurdo creer que nuestra percepción de la práctica del arte pudiera ser la misma que en esos “años basura”, una expresión bastante acertada para calificar los treinta años de constante expansión económica que sucedieron a la segunda guerra mundial y que proporcionaron a los neodadaistas más radicales todo lo que necesitaban para su invención del anti-arte. ¡Lejos estamos, pues, de las declaraciones de Tápies para quien las materias sucias y estropeadas le parecían entonces mucho más nobles que todos los productos de higiene burguesa! Tan lejos como estas actuales bolsitas de té lo están de los sanguinolentos tampones higiénicos utilizados entonces por Gina Pane a modo de autorretrato. 

 

Para reafirmarme en lo dicho anteriormente respecto a la dimensión estética de estos trabajos hechos con bolsitas de té, basta con hacer hincapié en las estructuras de sus composiciones cuando están muy ordenadas, como en su espectacular instalación en el suelo Utopía, o en su serie de obras tituladas Aras en las que los estratos formados por las bolsitas de té tienen mucho más que ver plásticamente con la Reserve de 1990 de Christian Bolstansky (pilas de ropas arrugadas en estanterías de madera) que con las acumulaciones de Arman sometidas al capricho del azar y por tanto hechas un caos  dentro  de  unas  urnas.  La  paciencia  de  Ángel  García  Roldán  para  unir  estas bolsitas hasta formar grandes superficies alfombradas, como en Utopía, es digna de un a labor de hormiga cuyo empeño consiste en la anulación de cada unidad, en tanto que objeto particular y definido, para beneficiar al conjunto. Es bien sabido que el numero produce siempre una pérdida de identidad e incluso de realidad (necesita reunir mas de 400 bolsitas de la firma Hornimans (1) para cubrir una superficie más o menos equivalente a un m2). Arman supo perfectamente expresarse en este sentido cuando dijo que “la cantidad logra crear una emoción y un cambio cualitativo”. Y lo cualitativo aquí es lo que estas bolsitas ganan en estética una vez unidas, formando preciosas combinaciones de color miel y ámbar. 

 

Pero estas preocupaciones por la estética tampoco lo son todo en estos trabajos, ya que, como cualquier desecho, estas bolsitas nunca pierden su condición de objeto de memoria. Pero, ¿a qué categoría de desechos pertenecen? ¿A los secos y limpios, como los papeles y los cartones, o a los húmedos susceptibles de fermentar? En un principio, parece obvio que su paso por las tazas de los consumidores nos hacen verlas como desecho del segundo grupo, húmedas e inestables, y así  merecían ser  clasificadas  si para ellas el paso siguiente fuera ir a la basura de los bares, con lo cuál Ángel García Roldán estaría obligado a hurgar con demasiada frecuencia en ellas siguiendo la costumbre del Trash Art más duro. Pero los tiempos han cambiado, felizmente para él, hasta permitirle la economía de una implicación personal en su trabajo que, con toda seguridad, le hubiera resultado a la larga demasiado agobiante y traumática: el remedio consiste en un acuerdo con los camareros de los bares a los que visita de vez en cuando para llevarse el botín de bolsitas que le han guardado. 

 

Pero la consecuencia más interesante de esta estrategia de la recolección es su facultad para modificar la condición de desechos de estas bolsitas, otorgándoles un valor de sofisticación que les hubiera negado su fatal paso por la basura. Otra contradicción sería la que me obliga a desmentir mi afirmación anterior respecto a la ausencia del azar como condicionante del resultado plástico definitivo de estas obras, pues, si bien es cierto que la unión de las bolsitas que forman unos mosaicos exige un mínimo de control, pieza a pieza, en cambio no puedo dejar de admitir que la coloración de estas bolsitas es bastante aleatoria puesto que depende de parámetros en los que el artista es totalmente incapaz de influir, tales como el tiempo de infusión del té, el tamaño de la taza en la que el consumidor lo sumergió o su lugar de procedencia, cuando no se trata de infusiones de tila o de manzanilla o de mezclas de menta poleo. Quizás este modo de coloración haya sido la particularidad que más ha influido en la determinación de este artista para seguir cosechando  sus  bolsitas  por  los bares de la ciudad donde vive, a pesar de lo lenta que forzosamente esta operación ha de resultar, pues, con esta dedicación ha conseguido trascender el arte sólo del objeto, bajo forma de meras acumulaciones, para vincularlo con esa dimensión alquímica propia de la pintura y desde luego mucho más fascinante. Visto así resulta legítimo pensar que el azar al que esta sometida la tela de estas bolsitas cuando se colorean es el mismo que condicionó la aparición de huellas antropomorfas en el sudario de Turín. 

 

Otra dimensión no menos interesante de estos trabajos es la que les vincula con el pasar del tiempo. No se trata tanto de la experiencia temporal y humana que consiste en relacionarse personalmente con unos camareros que el artista debe volver a visitar bastante frecuentemente, en charlar con ellos incluso tomándose unas tazas de té o aguantando sus posibles e irónicas manifestaciones de incomprensión, ni tampoco de la carga de memoria contenida en estas bolsitas tras su derretir en las tazas humeantes que se preparan a absorber los consumidores, sino del afán que siempre le empuja a añadir más y más piezas a su acumulación. La repetición de su persecución del botín que ele espera en los bares sólo puede mantenerse gracias al impulso de un deseo que comparten todos los coleccionistas y que encuentra su arquetipo más famoso en Don Juan. Para el Burlador no puede haber una última mujer, ya que la pervivencia de su deseo constantemente cambiante es su garantía para vencer a la muerte mediante el infinito estiramiento del tiempo. Por muy insignificantes y despreciables que parezcan estas bolsitas una vez usadas, para Ángel García Roldán esconden dentro de su tela un potencial artístico infinito. La taza en la que se derritió cada bolsita puede servirnos de metáfora para un arte que se nutre indirectamente del secreto de su interior, y si bien alguien se limitó a beber el resultado de la infusión, para el artista fue el inicio de una transmutación capaz de convertir este secreto en oro. 

 

(1) Es el momento de recordar que Arman ya utilizó bolsitas de té Hornimans, junto con otros desechos bajo plexiglás, en su obra Pequeños desechos burgueses fechada en 1959.

 

Proyecto D-Mencia.

2004

Catálogo

Detalles de la exposición 'Augenblik' para el proyecto

D-Mencia. 2004

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