NOTAS PARA NARCISO.

 

Antonio Dafos Garaizábal.

 

Texto publicado en el catálogo 'El vuelo de Hypnos'. 2008.

 

 

 

 

 

 

Desbrozada la historia de Narciso nos resta finalmente una imagen, tan tosca, tan poco pulida –como está bien que sea, por otra parte; como las de ciertos grabadores anónimos de la antigüedad-, que ni siquiera podemos saber si el protagonista de la misma es bello o no: un hombre (un joven, un niño) se mira reflejado en unas aguas quietas y queda atrapado por su imagen. 

 

Es una imagen viva: no hubiera sucedido igual ante un retrato, una pintura, por ejemplo. En una pintura demasiadas cosas distanciarían la representación del representado. Para empezar, el artista, incapaz de ausentarse, interferiría con su presencia (aun tratándose de un autorretato). Pero sobre todo porque en una obra pictórica (o en una fotografía) el tiempo es siempre pasado, lo detenido inexorablemente queda atrás. La imagen reflejada, en cambio, participa del mismo tiempo que aquel que se mira en ella, en un presente siempre actualizado. La miramos y nos mira, como si en ella palpitase la misma intencionalidad que sólo cada uno siente en su propia mirada. Y parece que por primera vez pudiéramos sentir, duplicada, esa intencionalidad en otros ojos que nos ven. Por otra parte, el agua nada quiere de nosotros, ni nada espera.

 

Cualquier cosa puede ser emblema del enigma -una cabeza de caballo o un huevo- simplemente porque existe, y eso ya es suficiente. Pero no menos asombrosa que la presencia, digamos exterior, de no importa qué cosa en el mundo es la íntima existencia de la identidad: ser uno, ser yo. Cuando el recién nacido explora sus límites agarrándose los pies, chupando sus puños, ¿a qué conclusiones llega? Me pregunto si habrá lenguas en las que no se pueda decir mi cuerpo del modo en que se dice mi abrigo. A primera vista, según el uso lingüístico, seguramente ingenuo, el cuerpo aparece como una propiedad, algo que se posee. Por lo tanto algo que es de alguien. 

 

En principio, pues, el cuerpo se puede enajenar, como se pierde un bastón o nos roban una maleta. En una curiosa variante de la fábula de Narciso, Garcilaso describió un caso así. Albanio, amante desdeñado y depresivo, disputa con sus amigos pastores que intentan hacerle entrar en razón. Entonces, interrumpiendo el discurso y como hablando para sí, dice “el cuerpo se me ha ido.” No retóricamente: para él, que no obstante habla, la frase es trágicamente literal. En consecuencia, se pone a buscar su cuerpo robado. Lo encuentra por fin en una clara fuente, coronado de laurel, mudo… Indignación y espanto. Oliver Sacks, que en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, habla de seres más asombrosos que los de las más desaforadas teratologías, hubiera acaso diagnosticado una pérdida total de la propriocepción, el sentido oculto que hace que nos sintamos propietarios de un cuerpo. Una paciente, cuyo historial relata, tenía que valerse de la vista para encontrar sus pies y poder echarlos a andar. 

 

Somos un enigma para nosotros mismos, pero rara vez lo sentimos porque el misterio lo tenemos demasiado cerca. La Arcadia, particularmente, no es tierra para meditaciones de este tipo. Al joven pastor de Virgilio, Coridón, “abrasado de amor por el hermoso Alexis”, ante un espejo le basta con concluir: “Y no soy tan feo; hace poco me vi en la playa, cuando el mar estaba calmo de vientos.” Sócrates, según Diógenes Laercio, recomendaba a los jóvenes atenienses que se mirasen al espejo con frecuencia: si eran bellos, para saber estar a la altura de su belleza; si no, para compensar esa carencia con su conducta. Narciso, acercándose sediento a un agua mansa, se abismará en su interior. Su caída se le mantiene oculta a él mismo, como se esconde en nosotros ese “verdadero sexto sentido” del que habla Sacks. 

 

Schopenhauer comparó la cuestión de la existencia del mundo exterior (y el propio cuerpo es parte de él) con una ciudadela que fuese inexpugnable, pero cuya guarnición no pudiera abandonarla. Así pues, decía, lo mejor es no enfrentarla, pasar de largo y dejarla atrás. Narciso, maldecido por la diosa y diríamos que atravesando la lámina líquida del espejo, se encontró en el interior de esa ciudad. Y tampoco pudo, al parecer, abandonarla. Contemplar es suficiente pero lo que Narciso, singular solipsista, debía de ver en el agua soñadora tuvo que ser del orden de lo extraordinario. En cualquier caso, Ovidio no hizo un gran esfuerzo por averiguarlo: “Contempla el doble astro de sus ojos, sus cabellos, dignos de Baco y dignos de Apolo, sus mejillas lampiñas, su cuello de marfil, la gracia de su boca y el color sonrosado que se mezcla con una nívea blancura…” (Metamorfosis, III) Estas palabras de Cocteau, en las que se asocian opio y agua podrían convenir a Narciso:”Todos llevamos en nosotros algo de enroscado, como esas flores de madera japonesas que se despliegan en el agua. El opio hace el papel del agua. Ninguno de nosotros tiene el mismo modelo de flor. Puede que una persona que no fume no sepa nunca el tipo de flor que el opio hubiera desplegado en ella.” (Opio)

 

Eros acude, alado, monstruoso, a la cercanía de los contempladores de la belleza. El amor, esa pasión entre desconocidos, intenta salvar el abismo que se abre en torno a cada ser: la discontinuidad. Una comunicación invisible nos da al otro y, si no se logra, el dios se encarga de crear un simulacro. Pero Narciso, de no saberse solo, ¿buscaría una comunión así con el otro? Opina Pausanias que Narciso debía de ser algo tonto, si a su edad confundía reflejos con cuerpos. En cualquier caso, los amantes comienzan engarzándose miradas de arrobo durante minutos; luego se separan. Incluso en la fábula de Ovidio Narciso descubre pronto qué es lo que sucede con el doble del reflejo. Y no se desengaña. Digamos que buscaba otro abismo.

 

Calderón imaginó un Narciso (Eco y Narciso) de doce años, invulnerable pues a ciertas versiones del amor (tenía dieciséis el de Ovidio), niño salvaje criado en soledad por su madre entre riscos inaccesibles. Narciso se pierde y entonces sucede el encuentro con el mundo (inevitable, pues el relato debe avanzar). Escucha canciones de los pastores de Arcadia y se pregunta qué aves serán esas. Los ve por fin y se asombra ¿Tanta gente hay? Es fácil imaginar a un Narciso selvático, como recién creado a cada instante, al modo de Enkidu: “con las manadas abreva en las aguadas, con las bestias salvajes se deleita bebiendo”. Al contacto con los hombres entra en el curso móvil del tiempo. ¿No celebraban los pastores el cumpleaños de Eco cuando dieron con el niño? Más tarde, a cambio del mundo, a cambio del tiempo que se escapa o que no termina nunca de alcanzarnos, Narciso recobrará el presente eterno de las bestias. Un abismo en el que caer con confianza.

 

En La náusea, Roquentin, tedioso, contranarciso, se deja atrapar por un espejo por hacer que el tiempo pase. Capaz de ver que los rostros ajenos tienen sentido, no puede con el suyo así enfrentado, que ni siquiera le parece humano: ojos, boca, nariz, sí, claro. Pero el conjunto es una mera presencia muda, “mapa geológico”, “mundo lunar”. Belleza o fealdad no encuentran donde asirse. “No encuentro nada firme, se hunde”, dice. Es cierto, podemos arrojar tal mirada sobre las cosas que todo significado se retira, ningún concepto puede seguir en su contacto, no hay donde agarrar. Entonces, “un asesinato está al nivel de la caída de una piedra” (Wittgenstein), un rostro es “como un montón de arena” (Sartre). El buen nihilista debería saberlo y también es fácil abismarse en un mundo así. Pero no parece el caso de Narciso.

 

No es como cuando decimos “mi abrigo” sino más bien como cuando decimos “mi tierra” o “mi idioma”, que no nos pertenecen. Narciso, en parte bestia, en parte humano, se asombra al verse reflejado por primera vez en un estanque, no porque se tome por otro de extraordinaria belleza, sino por verse a sí mismo estando entre cosas del mundo, existente y sin embargo ajeno a todo, pues el resto sólo tiene superficie pero en su imagen palpita algo. Como en un sueño -en el que sabemos que una ciudad irreconocible es Oslo o Buenos Aires o conocemos el manejo de un objeto inconcebible y su nombre-, en el agua detenida, profunda y densa como un esmalte, la imagen no es retrato, simple representación, sino también vaso de la propia voluntad, que la anima y se hace, fuera, presente. No nos pertenecen y, por el contrario, en algún modo, nosotros les pertenecemos.

 

(A veces hemos sentido que nuestro rostro era otro, el rostro de otro. No sabemos bien por qué: ha sido al gesticular de alguna forma inusual para nosotros, quizá mientras decíamos algo que no era totalmente auténtico respecto a nosotros y, por un instante, por fortuna fugaz, hemos sentido que nuestra cara no ha sido la nuestra. Es muy extraño.)

 

Es extraño ser yo, cosa entre las cosas y sin embargo animada, sintiente. Sabemos y no sabemos que la mano ajena que miramos detenidamente (pero no nos permitirían hacerlo demasiado tiempo y a partir aquí podría comenzar una divagación sobre la pornografía.) es mano y es voluntad. Podría engañarnos una buena imitación, podría ser todo un sueño, dice Descartes: puesto que podríamos fingir que no tenemos cuerpo, es preciso demostrar su existencia. De los que están en esto es de quienes dijo Schopenhauer que no requerían un argumento, sino tratamiento, ser internados en un manicomio. Sin embargo, Wittgenstein lo hizo asunto de una singular colección de notas: Sobre la certeza. Comienza así: “Si sabes que aquí hay una mano, te concederemos todo lo demás.”

 

La soledad de Narciso es infinita. Convirtió en un yermo todo a su alrededor: una torre ciega en el desierto que se mirase reflejada en un inverosímil foso valdría para expresarlo. Arrebatado por la imperiosa evidencia de un misterio, no supo ver nada más. Su soledad es la del dios de los filósofos, ignorante del mundo del que es causa, puro pensamiento que sólo se piensa a sí mismo. Su soledad es la del universo, en su persistencia ciega y sin posible sentido, pues todo sentido se da en una relación. No obstante, acaso fuera dulce para él. Hemos imaginado minuciosamente el infierno pero rara vez hemos logrado parecer convincentes hablando del paraíso. En uno de sus extraordinarios sonetos Unamuno describió su anhelo (o el del momento): “muerto en mí todo lo que sea activo (…) y el archivo de mi memoria mudo, el ánimo saciado en puro inerte.” “Oír llover no más, sentirme vivo”, con que comienza La vida de la muerte, podría valer por “Ver mi imagen en el agua, sentirme vivo…” Tal vez sea así.

 

En cualquier parte puede suceder. Por ejemplo, en un coche, junto al asiento del conductor. Uno es llevado y durante el trayecto se confía a otro. Pongamos que el sol está declinando y se vuelve molesto, le deslumbra y, abatiendo el quitasol, aparece un pequeño espejo rectangular. No puede encerrar todo el rostro, encuadra solamente una parte de él. Sea la boca. El espejo es marco de los labios, trasladados fijos en un gesto dibujado con vigor y calma, mientras fuera todo fluye. Como vistos por primera vez, son y no suyos. Son y no son él. Son él, algo del mundo. Y él es por fin los otros. O sería, si los otros supieran enmudecer de asombro ante un dibujo. Dice al fin algo, como iniciando una charla, por deshacer tan extraña belleza. Vuelve a sí y al mundo común. Sonríe mientras bromea y ahí fuera reconoce su nostalgia que fluye en la sonrisa, entre otras cosas que fuera fluyen. Desde un cuerpo.

El vuelo de Hypnos. 2008

Catálogo

Nàrke. 2008

Video

Detalle de la video-intervención en la Villa Romana del Ruedo. Almedinilla.
Detalle de la video-intervención en la Villa Romana del Ruedo. Almedinilla.
Detalle de la video-intervención en la Villa Romana del Ruedo. Almedinilla.

Imágenes de la video-intervención 'Nàrke' en el yacimiento arqueológico de la Villa romana del Ruedo. Almedinilla. Córdoba. España. 2008. Muestra organizada por: El vuelo de Hypnos y Fundación de Artes Plásticas Rafael Boti.

Frames de la videoperformance:

 'Nàrke. A tragedy in three acts'. 2008

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