NÀRKE. 

CALL ME NOW, LOVE ME LATER.

 

Ángel García Roldán.

 

Texto publicado en el catálogo 'El vuelo de Hypnos'. 2008.

 

 

«A sí se desea, imprudente, 

y el que aprueba,

él mismo apruébase,

y mientras busca búscase,

y  al  par  enciende y arde. 

Cuántas veces, inútiles, 

dio  besos al falaz  manantial.»

 

Ovidio. 

Tercer libro de las metamorfosis. 

 

 

 

I. Sobre las aguas dulces y frías del deshielo nace el mito y también la flor que nos conduce a un sueño narcótico del que no podemos escapar. Como el joven efebo, nuestra mirada se complace con la pausa, el eco y la angustia de la desaparición. 

 

II. Los jardines reaparecen siempre, en la prosa y la poesía, como esos lugares ideados para ser recorridos, con pausas deambulados, a ser posible en una eterna y si se me permite justa deriva. Así, el mito, también se descubre al abrigo de las palabras, entre senderos de paisajes infinitos, colmados de matices, aunque opacos en recuerdos. 

 

III. En aquel jardín alejado de la urbe, olvidado por los dioses, escondrijo de ninfas y amantes solitarios, paraíso bucólico de primaveras eternas, la dulce asfixia es el método escogido para silenciar el profundo deseo de un amor no correspondido.

 

 

 

Cuando me enfrenté por primera vez al tema de Narciso (Narcissus Narke, 2004), surgió inevitablemente el deseo por los fluidos y por esos “otros lugares” dedicados a la muerte. Lo tanático (muerte dulce y suave que ocurre sin trauma pero con la inenudible verdad de la desaparición) se hacia presa de una videoproyección de no más de diez minutos de duración, filmada en la piscina de un amigo, se convertía en mi primera exploración del personaje. El origen perfomático de aquella primera proyección insistía sobre los límites del cuerpo y el concepto de instante o parpadeo (Augenblick) tantas veces referido en mi trabajo. Tras los créditos que anunciaban un extracto del poema de Ovidio, un joven de pelo largo e incipiente barba se precipitaba, una y otra vez, en el fondo aséptico del océano amniótico que anulaba sus sentidos. En aquella ocasión la mirada azul que se proyectaba ante el espectador mostraba los últimos segundos de una historia que permanece remotamente en nuestra cultura, quizás desde aquellos momentos de perdida que nos obligaron a imaginar Arcadias, Utopías y otras cartografias ideales donde fantasear con la idea de lo perfecto. Narciso desaparecía cinco veces en un bucle incesante tras cada expiración. Su imagen llenaba de silencio las salas y los espacios donde se exhibía, transfiriendo casi literalmente el último suspiro de un joven al que se le negó cualquier contacto con objeto o elemento susceptible de reflejo para evitar torpemente las circunstancias premonitorias de su destino.

 

Existen algunas cuestiones interesantes que también hoy permanecen inmersas en el Narciso que presento. Primeramente las imágenes no son casuales, a pesar de fluir creativo y de su deriva constante. Las iconografías son parte del inconsciente colectivo, de su historia y su plasmación forma parte de esa otra “verdad” a la que la cultura no es ajena ni tampoco las miradas que la observan. Las imágenes guardan esta relación de la misma manera que la poesía va descifrando sus versos tras su lectura, como apuntaba San Agustín en sus Confesiones, alegando la constatación de “lo eterno” en la rememoración de un poema. El drama que hoy miramos no es más que la excusa necesaria para poner en cuestión esas otras realidades a las que no podemos permanecer ajenos, pese a la retórica recurrente y a cierto sentido barroco que se desprende del juego especular de las aguas. El desenlace, nuevamente, discurre por entre los intersticios de la memoria y su aliada ruina, aunque lejos esta vez del sentir telúrico de las miles de dosis de infusión que hace cuatro años se mostraron entre las ruinas de esta villa. Las piezas de hoy, no dejan de ser una suerte de “antropología-poética” cuyo origen sigue insistiendo en lo perfomático para ofrecer un nuevo dialogo entre el yacimiento y los parajes bucólicos de Almedinilla.

 

Retomar en este momento el pasaje y paisaje del drama, hecho suyo por Ovidio, ofrece la posibilidad de acercarnos a sus alrededores con el deseo de encontrar en ellos las claves que influyeron a sus ancestrales pobladores para situar la villa en su enclave exacto y no en otras geografías. El mito, propicia el hallazgo de estas conexiones, entre la actualidad, el entorno, sus parajes y la historia. Causalidad que, al hilo de las conversaciones, propició el encuentro con los casi desconocidos saltos de agua de los alrededores y que sin duda el arquitecto quiso reconstruir con la cascada que decora el Triclinium de la Villa Romana de El Ruedo. Sin duda, estos parajes ocultos, sólo accesibles desde sinuosos senderos de densa maleza que hacen torpe el equilibrio y perdidos los pasos, transformaron el reencuentro, sublimando su sentir romántico como aquellos viajeros del Grand Tour en su empeño de relacionar lo permanente con el recuerdo sublime de su pasado.

 

Anteriormente hice referencia a la no casualidad de lo icónico, ahora debo de matizar, sin extenderme, que la no casualidad implica la necesaria causalidad de un origen; de una referencia. En el estado de las “cosas” los elementos giran con cierta dispersión alrededor unos de otros pero es así como se desencadenan sus relaciones y conexiones, sus proximidades, equivalencias e influencias. A riesgo de simplificar, el origen del mito de Narciso (del griego Nàrke, cuyo significado, entre otras acepciones es: narcótico, sueño o torpeza) se constituyó entre el declive de la antigüedad y el amanecer de la era cristiana. A medio camino entre la mitología griega, su reconstrucción platónica y otras influencias empañadas por la pasión crística, el relato de Ovidio no deja de ser la versión más difundida y completa del mito, al añadirle también el personaje de la Ninfa Eco, que no aparecía en versiones anteriores como la de los autores griegos Canone y Pausania s.II a C. Es muy probable que Ovidio alterase sustancialmente el original edulcorándolo con una versión más aséptica, romántica, heterosexual y con un concepto tanático de la muerte más cercano al ideal de sueño eterno. Lo eterno, así, nos remite sin demoras al concepto de tiempo, de reliquia y de memoria. Narciso, no deja de ser ese niño perverso que a nuestros ojos bien podría convertirse en el primer antihéroe moderno, el “no dios” por excelencia. Su drama turbio, cenagoso e invisible, no deja de resumir y hacer suyas todas las angustias de la humanidad a la deriva, desposeída desde su inicio de referencias estables. Pero su historia no triunfa, su piel joven y su rostro adolescente solo nos muestran un ser cualquiera que no sabe ni lo que quiere ni lo que ama. El encuentro con su yo amante ni siquiera tiene un espacio propio para darse al placer, el joven no ama nada porque lo amado no es nada. No siente el tacto de la caricias y castra cualquier deseo sexual con el amante reflejado. Cuando vuelve en razón y reconoce que el amado no es más que una imagen de si mismo, incapaz de soportar la ceguera de su amor y el abismo de su soledad, Narciso decide acabar con su vida. Pero para él la historia guardará un final feliz cuanto menos con el estético adorno de una flor que llevará para siempre su nombre. Narciso así, no solo resucita, sino que también es salvado de una soledad innombrable y llamado a replegarse sobre si mismo para reencontrarse con su propio ser.

 

Las Narcisos que hoy desaparecen entre las cristalinas aguas del río de nuestra Arcadia, no dejan de referirse a la soledad y ensimismamiento que nuestra sociedad nos ofrece tras el parpadeo de las pantallas que devoran nuestros sentidos. Narcotizados con sus suaves ecos somos inducidos al deseo de vernos en ellas como un “otro” que desdoblado en una vida paralela, confunde lo público con lo privado. Lejos del deseo de vanidad y de fama, también nosotros (como Narciso) sucumbimos al hechizo de observar nuestra imagen en el reflejo. Deseosos de juventud y dulzura, aliviamos frente al espejo torpes discursos de búsqueda que muestren nuestro mejor gesto, observando a un “otro” que se nos escapa sin ser del todo conscientes de que ese “otro” que vemos reflejado es en realidad nosotros mismos. 

 

El ser amado es el ser que ama; metáfora compleja para propiciar el encuentro con “lo otro”, con lo distinto y lo lejano. Argumento que se repite en un eterno bucle porque cada encuentro se convierte en un desencuentro distinto al anterior. Complacencia infinita, aliento y desazón. Expresión humana, demasiado humana, que como diría Nietzche, recorre los caminos de la soledad y lo eterno, esperando en cada repetición el final del comienzo. 

 

En el interior de las aguas dulces y frías del deshielo, desaparece el mito pero permanece la flor que nos induce a su sueño y recuerdo. Quizás la ninfa Eco se olvido de responder a los besos del joven efebo.

El vuelo de Hypnos. 2008

Catálogo

Nàrke. 2008

Video

Frames de la videoperformance:

 'Nàrke. A tragedy in three acts'. 2008

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