GÉNESIS Y RETORNO. UTOPÍA O REALIDAD

 

Ángel García Roldán

 

Texto publicado en el catálogo 'Return to Paradise'. 2008.

 

 

 

 

 

 

 

«Los humanos vivían entonces como los dioses, libre el corazón de preocupaciones, lejos del trabajo y del dolor. La triste vejez no venía a visitarlos, y, conservando toda su vida el vigor de sus pies y sus manos, gustaban la alegría en los festines al abrigo de todos los males. Morían dormidos, vencidos por el sueño. Todos los bienes les pertenecían. El campo fértil les ofrecía por sí mismo una abundante alimentación que consumían a placer...»  

 

Hesiodo. 

Los trabajos y los días. 

 

 

La noción de Paraíso fue de las primeras emociones constitutivas de la humanidad. El establecimiento del Paraíso mítico en la mente de nuestros antepasados coincidió con la aparición de las primeras Teogonías y del inicio de un primitivo “yo social”. Mientras los paisajes del paleolítico caracterizaban a un hombre cazador que se arrastraba por la tundra helada y hostil, las imágenes de un Paraíso-Jardín se adueñaban lentamente del espíritu de la tribu conformando un vago recuerdo de la existencia de un valle privilegiado. En el crecían árboles cargados de frutos, era recorrido por arroyos de aguas cristalinas y las flores de la primavera eterna prometían el alimento para el mañana. La ociosidad y la ausencia del peligro ofrecían la suavidad de una vida que restaba importancia a cualquier otro débito, como si rellenáramos los intersticios de un cuadro ideal con la dulce neblina de la amenidad. 

 

Hoy, cuando la humanidad ha pasado por horas sombrías, el homínido cuaternario aun mantiene su presencia en nuestro interior. El anhelo de ese jardín se reinventa en las sociedades contemporáneas con la comercialización del ideal de descanso, en cualquier cómoda hamaca, a orillas de alguna playa salvaje del trópico o en cualquier otro destino exótico. ¿Quién no se ha formulado soluciones de esperanza del tipo que aludimos? 

 

El Paraíso continua siendo razón suficiente como para ordenar y controlar los márgenes de la sociedad existente. Márgenes que no son meramente físicos. El “ser social” que habitamos percibe sus límites e intuye sus peligros. Así se desplegan en la comunidad los principios reguladores que evitaran la ruptura del orden establecido, salvándonos del temible “caos-edénico”y de su complacencia egoísta. La soledad, que está implícita en el concepto de individuo, nos predispone para la defensa de nuestros espacios mínimos y privados. Así el clan, promueve el acuerdo social y por último la transfiguración del poder. Es el deseo de “encuentros” dentro de la comunidad lo que nos obliga a ritualizar nuestras conductas, ofreciendo códigos para su interpretación y ortorgando sentido a esa primitiva razón biológica. Establecemos así, los límites y las normas reguladoras que prevengan su superación, para evitar el probable caos, la anarquía social y la anomia histórica, incorporando a la escena:  lo mistérico, lo oculto y la prohibición. Los fluidos son ocultados y con ellos sus orificios. Los sentidos, que tanto nos sirvieron para subsistir en aquella selva edénica se atrofian. Nos desplazamos en sentido contrario a la lógica evolutiva, para perder en el camino aquellas capacidades imprescindibles en un futuro retorno. El olfato deja de percibir los territorios marcados por las heces y el orín. El pelo desaparece de nuestro cuerpo, desnudándonos ante el frío, obligándonos a la caza colectiva de ese otro animal que grita en la selva y a la búsqueda de su refugio que, a la postre, se convertirá en el nuestro. Nuestras dentaduras se acostumbran a un alimento que deja de estar crudo. La sangre adquiere el valor simbólico de triunfo, en la caza o en la guerra y de enfermedad, pecado o sacrificio en su perdida. Extraños cambios en nuestra filogénesis incluidos en el periodo de Construcción social desde la perdida o éxodo del Paraídso. Cabria preguntarse; si realmente este era nuestro destino. Si estábamos predestinados a ello, o por el contrario todo fue un accidente dentro del complejo sistema evolutivo. Esta pregunta, paradigma de lo humano, es germen de teorías y proposiciones, con sus diversas puestas en escena, que lejos de ofrecer clarividencia mantienen en suspenso y sospecha la herencia de una genésica perdida. 

 

Y ocultando nuestro rostro entre vendas de olvido (ojos que no ven corazón que no sienten) nos convertimos en mártires ciegos que se autoflagelan para olvidar la anónima lucha de aquel hombre invisible que despojado de todo bien puso tierra de por medio abandonando el mítico Edén. 

 

A tenor de lo conocido podemos afirmar que la perdida de esta libertad con respecto a nuestro origen y el establecimiento de códigos y normas en el proceso de humanización, constituyeron la moneda de cambio con la que pagar nuestra superioridad evolutiva. Esta es la letra pequeña de un contrato, aquella que nunca leemos ante la rapidez de la situación porque depositamos demasiada confianza en el interés común. Nuestro sentimiento de perdida y el deseo de recuperación pusieron en funcionamiento el motor de la civilización. De alguna manera así debió de ocurrir y como presuponemos es imposible cambiar. No es aventurado al hilo de esta argumentación afirmar que debió de existir un Génesis "real."  Una situación pre-humana irrecuperable caracterizada por la irreversibilidad del proceso. Hoy podemos  estudiar desde la antropología situaciones pre-sociales similares a las que un día debieron de ocurrir en el humano histórico. podemos estudiar palpebles semejanzas y similitudes, en las estrategias de grupo generadas por otras especies. Aun no es tarde para asumir que no estemos tan lejos de ese animal que nos habita.

 

Pero recuperemos el inicio de nuestra reflexión. En la actualidad a casi todos nos aborda la ensoñación utópica de una isla desierta (pero amiga) a la manera del valle soñado por el cazador primitivo. En realidad el mismo tipo de añoranza colectiva que nos conduce a desear el disfrute de unas merecidas vacaciones. Cuanto más avanzada y tecnificada es la sociedad, más seducidos nos sentimos hacia la consumación de un estado del bienestar que haga más agradable nuestros días, aunque más desarraigo sintamos en este sentido. La idea de alienación no es arbitraria y necesita aun hoy de subproductos asequibles desde la economía doméstica; pequeños envoltorios transparentes, de aseptico sabor que recreen y reconstruyan el deseo de lo negado. Así surge el arte de fingirel arte de fingir, o lo que es lo mismo: la ocultación del deseo, al menos superficialmente, como en un sueño opiáceo. Al no alcanzar el reencuentro de una manera complaciente, si no es a través de la transacción y el intercambio, la demostracióin dee placer se atrofia y se evade de las normas que debimos de inventar, no hace mucho tiempo, para procurarnos cobijo y defensa en la colectividad-autosuficiente. La representación y establecimiento de los placeres, como sustitución individual del Paraíso, siempre fue considerada por la historia como preludio y sinónimo de decadencia, dando paso a una extraña fascinación por "entrever lo previo", ocultándonos para no ser vistos y, quizás, deambular los intersticios de lo moralmente indeseable. No somos ajenos a los deseos y miedos, a su búsqueda y posterior ocultaciuón. 

 

El reencuentro con lo genésico procura a la multitud la solución evanescente de su sueño y la extraña ceguera donde restituir lo extrañad. Sustituir el dolor que supone la perdida, la aflicción del desarraigo y su resultante éxodo, necesita de mundos imaginados, de su reconstrucción y de su orientación utópica. 

 

Utopía o realidad. Nos encontramos en el centro del dilema. ¿Es esto todo lo que somos? ¿Es aceptable nuestra historia con mayúsculas? ¿deseamos habitar el espacio negado y al no poder situar en el mapa sus coordenadas inventamos mitos, construimos ciudades, creamos revoluciones sin conseguir, a pesar de las variantes, lo realmente deseado? 

 

El límite con el jardín está ahí, aunque permanecemos aun ciegos y mudos. El Paraíso se manifiesta entre sus dos antagonías: la temporalidad finita y el concepto de eternidad. Para poder existir, es necesario encontrar los puntos comunes entre estos dos enunciados dispares y a su vez contradictorios. Necesitamos de la intervención de una tercera “cosa” que haga posible la síntesis, encontrar esta “verdad” es asumir la controversia y el recelo de la secuenciación, desgranando así los limites para que el Paraíso permanezca aun abierto, no solo en su sueño, sino también en su posibilidad.  Para algunos, la sucesión es una intolerable miseria porque sus apetitos magnánimos codician todos los minutos del tiempo y la totalidad de su espacio. El Paraíso, desde este lugar, no puede entenderse en cada segundo de su búsqueda, sino en todo caso, en la observación sublime del todo.  Así, su sueño, deja de ser cuantificable y su recuerdo se une a nuestra memoria insustancial. Para otros, la idea romántica de su restauración, procura la orientación utópica más allá de lo posible y sus instantes precisos, demuestran esa síntesis necesaria desde donde otear el panóptico. La memoria, en todo caso, dota a la historia de la una extraña experiencia de lo eterno y de la singular utilidad de apartar nuestro ser de la estulticia, del “tiempo perdido” y por ende de la desaparición total. San Agustín, en sus Confesiones, alegaba un caso que nosotros relacionamos con nuestro discurso cuando se refería a la constatación de “lo eterno” en la rememoración de un poema. En todo caso, su poema quizás  guarde la clave con la cual abrir la entrada de nuestro perdido Edén: « Antes de comenzar, el poema esta en mi anticipación; apenas lo acabe, en mi memoria; pero mientras lo digo, está distendiéndose en la memoria, por lo que llevo dicho; en la anticipación, por lo que me falta decir. Lo que sucede con la totalidad del poema, sucede con cada verso y con cada sílaba. Digo lo mismo, de la acción más larga de la que forma parte el poema, y del destino individual, que se compone de una serie de acciones, y de la humanidad, que es una serie de destinos individuales». Asumir los diversos tiempos, inmersos en la totalidad temporal, supone apartarnos del modelo tradicional y unánimemente aceptado de eternidad. Como señala Borges, la nostalgia supone ese modelo y posibilita que el hombre enternecido y desterrado rememore aquellas posibilidades fáciles del Paraíso, mostrando que en la pasión el recuerdo se inclina a lo intemporal, congregando y sintetizando en una sola imagen todas las aventuras de un pasado, como también de todas las que han de venir. Así, las más incompatibles esperanzas pueden coexistir, sin estorbo, en nuestro interior. 

 

Retornar al Paraíso no deja de convertirse en una acción que lucha por no diluirse en un mar de olvido, buscando una salida al inicio, en todo caso: nuestro origen, que quizás, nunca debimos abandonar.

Retur to Paradise. 2008

Catálogo

Imágenes de la serie 'Retur to Paradise'. Cuba. 2007.  Exposición 'Return to Paradise'. Arte 21. Córdoba. 2008

Imágenes de la serie 'Retur to Paradise'. Cuba. 2007. 

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